jueves, 14 de mayo de 2015

Cuento - Sinfonía Desesperante

El sonido de las agujas del reloj marcaban un tempo andante, sincronizando a la perfección con los golpes graves y monótonos de los tambores, que retumbaban en la oscuridad de su cuarto como si estuvieran pegados a su oído. El golpeteo de una gota furtiva, originada por algún problema en las cañerías del baño que él aún no había logrado encontrar, sonaba sincopada, convirtiendo todo en una especie de sinfonía desesperante, que lo exaltaba y una vez más le coartaba el sueño.
Enrique encendió la luz del velador, se puso los anteojos y miró la hora. Eran pasadas las once de la noche. Malhumorado y con el ruido retumbando dentro de su cabeza, abrió el cajón de la mesa de luz y sacó de adentro un revólver calibre 38 con el que tantas veces había pensado poner fin a su tortura.
Por un momento se quedó sentado escuchando los tambores con el arma entre sus manos, dispuesto a silenciarlos definitivamente, pero unos minutos después dejó el arma en el cajón y se levantó. Se puso la bata y luego de calzarse las pantuflas se dirigió hasta el apartamento de su vecino.
Llamó con fuerza, dando una serie de golpes cortos. No era la primera vez en la semana que iba a pedirle que dejase de hacer ruidos molestos a esas horas de la noche. Segundos después volvió a golpear la puerta con mayor intensidad, como si estuviese dispuesto a derribarla.
Un muchacho de apenas veinte años lo recibió en pijama, con cara de dormido y todos sus pelos revueltos.
—¿Y ahora qué quiere? —preguntó el joven de mala manera apoyando un brazo sobre el marco de la puerta.
—¿Sabes qué hora es? Son las once de la noche. ¿Hasta qué hora pensás seguir tocando tus tambores de mierda? —dijo Enrique alterado. Sus ojos estaban rojos y desorbitados.
El muchacho alzó sus brazos entrelazando los dedos sobre la cabeza, y respiró profundo manteniendo la mirada en el techo.
—Mire vecino… ya se lo dije ayer, y antes de ayer, y la semana pasada: déjese de romper las pelotas. Si no puede dormir tome una pastilla o algo, pero deje de venir a golpear la puerta así o lo voy a denunciar.
—¿Denunciarme? —exclamó Enrique más alterado que antes—, si sos vos el que está todo el día golpeando esos tambores de porquería, dale que dale. Yo sé que me lo haces a propósito mocoso mal educado.
El joven lanzó una sonrisa irónica.
—Usted no se da cuenta pero está loco, debería ir al psiquiatra, pedir ayuda. Por algo su mujer lo abandonó… —dijo el muchacho dando un portazo, pero el pie de Enrique se interpuso entre la puerta y el marco.
—Pibe, mejor guarda tus tamborcitos, porque te juro que si tengo que venir de nuevo va a ser para meterte una bala en el medio de la frente —respondió Enrique con seriedad antes de sacar el pie y volver a su apartamento.
De nuevo en su habitación, se quitó la bata y volvió a recostarse. Esta vez ni los tambores, el reloj o la gotera volvieron a sonar, y a los pocos minutos ya había conseguido dormirse.
Al día siguiente despertó con un gran dolor de cabeza. Los tambores sonaban suavemente en el apartamento de al lado, pero esta vez sin coordinación ni ritmo. Miró el reloj, marcaba las nueve y media, y sus agujas se movían en silencio.
Se sentó en la cama y volvió a tomar el revólver de la mesa de luz. Se puso la bata y caminó hasta la puerta del vecino por ultima vez. Esta vez golpeó con suavidad. Los tambores dejaron de sonar y unos segundos después la puerta se abrió. El joven no se sorprendió al ver a su vecino parado del otro lado, y entonces le dijo:
—¿Ve?, ahora si estaba tocando los tambores.
Enrique lo miró y se sonrió. Sin decir nada sacó el arma del bolsillo y le disparó al joven en la frente, quien cayó al piso sin vida. Con su pie movió el cuerpo del muchacho que bloqueaba la puerta para poder cerrarla, entonces regresó a su apartamento, entró a su habitación y se acostó en la cama dejando el revólver sobre su pecho.
Por un momento disfrutó del silencio dentro de su cabeza. Pero entonces el sonido del reloj comenzó a marcar el ritmo, la gotera volvió a golpetear sincopada, y una vez más, con tono grave y monótono, los tambores comenzaron a sonar.

2 comentarios:

  1. Excelente relato Aldo. Una historia muy interesante. Creo que el conocer el final del relato, o al menos la última frase, uno se puede hacer a la idea de como va a terminar. Aún así, me ha gustado mucho como has dibujado a los dos personajes y como has contado la historia en sí. Felicidades.

    Me quedo con la parte en la que Enrique abre el cajón y coge el arma. No sé que tiene pero me ha cautivado.

    PD: Ya mismo recibimos los comentarios anónimos y tendremos disponible el recopilatorio de este mes. ;·)

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  2. Estoy necesito inspiración, entonces yo navegué el Internet y encontré tu blog. Leí su artículo, y wow realmente me inspiro en absoluto. Gracias por compartir esta información interesante como

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