domingo, 15 de marzo de 2015

Cuento - El Rezo

Roberto entró al comedor tambaleándose y tomó asiento en la mesa, como si las ocho horas que había dormido no hubiesen alcanzado para limpiar el exceso de alcohol de su organismo. Por un momento se quedó en silencio tomándose la cabeza, la sentía a punto de estallar. En la cocina podía escucharse la voz de un pastor religioso hablando en la radio: “Dios te escucha, y está dispuesto a ayudarte…”.


—Julia… —dijo con su voz ronca— ¡Julia, podés apagar esa radio de mierda!

Al no recibir ninguna respuesta se puso de pie molesto y se dirigió hacia la cocina. Su esposa no estaba. Vio la radio sobre la heladera y de un golpe la lanzó al piso. Al ver que esta aún seguía encendida comenzó a darle una serie de pistones torpes hasta que finalmente dejó de funcionar. Luego tomó una botella de vino, un vaso y regresó a la mesa.

Llenó el vaso hasta el tope y sacó un cigarrillo del paquete que tenía en el bolsillo de su camisa y luego de encenderlo dio una pitada manteniendo la mirada perdida en la puerta que conducía a la calle. Sus párpados apenas podían mantenerse abiertos. Antes, sus ojos brillaban azules y llenos de vida, ahora se veían amarillentos y marchitos.

Julia entró radiante por la puerta principal con las bolsas del supermercado, pero se detuvo bruscamente al ver a su marido sentado en la mesa desayunando con vino. Tomó fuerzas, y continúo caminado. Ella aún lograba ver en él a ese muchacho atractivo que alguna vez tanto amó, pero esa imagen solo venía a su mente cuando inmersa en la melancolía recordaba su propia juventud perdida y esa libertad que un día decidió entregarle.

—Te levantaste… ¿Querés que te cebe unos mates? —preguntó su esposa al dejar las bolsas sobre la mesa, intentando olvidar lo ocurrido la noche anterior.

Roberto levantó su mirada, su cabeza todavía le daba vueltas. Pudo ver el moretón que su esposa tenía en el ojo derecho. Sus recuerdos sobre lo sucedido se perdían en un mar de imágenes difusas que apenas podía organizar. En ese momento sintió una pequeña sensación parecida a la culpa.

—No —respondió desviando su mirada hacia la ventana.

A medida que la resaca se le iba pasando su cuerpo comenzaba a arder por dentro, el solo recurría a una medicina para aliviar esa sensación, la misma medicina que lo condenaba.

—Si seguís tomando así te vas a morir —dijo preocupada.

Roberto la miró con desprecio.

—¡Eso es lo que vos querés! ¿No? —respondió molesto. Los efectos del alcohol en su cabeza le hacían variar rápidamente el temperamento—. Dejame de romper las pelotas de una vez.

La mujer bajó su cabeza y se dirigió hacia la cocina en silencio. Juntó las piezas de la radio del suelo sin preguntar lo que había sucedido. En ese momento Roberto comenzó a toser con fuerza, como si sus pulmones fueran a salírsele del pecho. Julia lo escuchó desde la otra habitación y se quedó atenta hasta que la tos se detuvo. Al ver que la vela que tenía al lado de la estampita de Jesús estaba apagada, tomo un fósforo y la encendió, cerró sus ojos y comenzó a rezar en voz baja. Segundos después se persignó y abrió sus ojos. Se asustó al ver a su marido parado en la puerta, mirándola.

—Hija de puta, vos le estas pidiendo a Dios que me mate. ¿No?

—Ay Roberto por favor, como vas a pensar eso.

Roberto se le tiró encima y de un golpe la lanzó al piso, con su brazo barrió la vela y la estampita del estante.

—¿Que mierda le pedís?

—Basta Roberto, solo rezaba.

Roberto arremetió contra su esposa y comenzó a golpearla con furia mientras que ella solo intentaba cubrirse con los brazos.

—Hija de Puta, ¡Te voy a matar!

Repentinamente Roberto se detuvo y comenzó a toser y respirar con dificultad, su rostro se puso blanco y luego de intentar murmurar unas palabras se desplomo al piso. Su esposa lo quedó mirando unos segundos pero enseguida se puso de pie para asistirlo.

—¡Por dios, Qué te pasa! Hablame…

Roberto no pudo hablar y unos segundos después todo su cuerpo se desvaneció.

Julia retrocedió lloriqueando y pensó en buscar ayuda, pero algo se lo impidió. Se acercó a su marido y lo vio tener sus últimos espasmos musculares, entonces tomó la estampita del piso, la apoyó en el estante y luego de encender la vela se puso a rezar.

2 comentarios:

  1. No sabré que le pidió Julia en sus rezos, pero Dios la ayudó como debía, de eso estoy segura. Como todo lo que escribes, muy bueno, nada sobra, nada falta. Complacida con tu buen quehacer literario.

    ResponderEliminar
  2. Buen relato Aldo. Me he sentido como en una montaña rusa, parecía que el relato se encaminaría por un sitio y resultó que fue por otro, jeje. Felicidades. ¿Es el relato que enviaste al Taller?

    ResponderEliminar